sábado 19 de septiembre de 2020 - Edición Nº4725

Opinión | 8 sep 2020

30 años de Sole

(Silencio) – Justicia – (Silencio) – Justicia – (Silencio) – Justicia – (Silencio) – Justicia – (Silencio)

No tenemos miedo, No tenemos miedo,


No tenemos miedo, al fin, al fin…Dicen que vienen los que se van, que marchan los que ya no pueden más; y aunque caminábamos mirando al suelo, como presos del terror e invadidos por la opresión, ninguna mirada tenía nitidez porque todas estaban nubladas, y es que María Soledad se lloraba de a muchos, se lloraba un poco por Sole y un poco por todos; sus gritos mudos, esos que quienes escucharon taparon, sofocaron, ahogaron, cortaron, mataron; se nos habían amontonado a todos en la garganta. Esos gritos que empujaron al silencio hasta ponerlo en acción. Esos gritos mudos que se acompañaban del sonido de los pasos que arrastraban el dolor que nos había enlutado a todos.  ¿Puede el silencio cambiar tu voz?, ¿puede la historia cambiar?, ¿puede el silencio gritar lo que pasó?...o es sólo tormento para los que te entregaron, para los que te acorralaron, para los que te empujaron a la muerte, para los que pagaron sus placeres con tu vida?

30 años, 30 años mudos, 30 años de habilitarnos una lucha que te mantuvo viva para recordarnos lo que los hijos del poder nutridos por la impunidad son capaces de hacer. 30 años, y la conmoción aún nos habita, nos duele, nos despabila; o no, porque hay gente que volvió donde el principio, como si nos hubiéramos quedado dormidos, amnésicos, insensibles. 30 años de sabor a justicia amarga, de olor a una provincia donde lo que reina es el encubrimiento, del desagrado de sabernos rodeados de lo que se desprende de “esos” de los “asesinos”, y de esos que nunca fueron presos, esos que no dijeron, esos que se escondieron, esos que mintieron, esos que ocultaron, esos que hicieron lo que les mandaron a hacer, esos que sucumbieron, esos que…hicieron lo que hicieron.

30 años de esos, CATAMARCA AYÚDAME que se podía leer dolorosamente encabezando las Marchas del Silencio, 66 en total, donde el silencio pesaba sobre los hombros, donde el miedo se hacía pequeño, donde el sufrimiento lo sentíamos todos, donde la fuerza de la congregación reforzaba un pacto implícito como nunca antes había tenido lugar en nuestras calles. Un pacto sellado por el dolor, por María Soledad, una adolescente, una nena de 17 años que por diversión se ofrendó a la muerte en un femicidio que llegó a ponerle fin a muchos horrores que se sabían y se callaban, se encubrían, se dejaban ocurrir, horror que a María Soledad la llevó a la muerte.

 Era un anhelo colectivo el de esa frase, “la verdad triunfa por sí misma”; y fue colectivo también reconocer que no hay justicia cuando el “mal poder” manipula la justicia. Y fue colectivo también el sentir de que las Soles seguirían apareciendo a las sombras de los de siempre.

JUSTICIA, JUSTICIA, JUSTICIA, JUSTICIA. Lo que todos sabían pedir a gritos.

ASESINOS, ASESINOS, ASESINO, ASESINOS…Lo que todos sabían gritar, lo que muchos sabían que eran. Y para esos, para esos era el vacío existencial cuando en los cierres de las marchas, desde lo más profundo del sentir humano se escuchaba:

Vamos a vencer.

Vamos a vencer,

Vamos a vencer, al fin, al fin…siento en mí corazón seguridad

Que vamos a vencer al fin…al fin.

Nunca nos dejes matarte en la memoria, María Soledad. Solo así podremos cambiar la historia y evitar que la impunidad y el encubrimiento duerman en paz…la paz es un fruto prohibido para los asesinos y para las causas prescritas (a favor de los hijos del poder y los gobiernos oscuros). 

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