sábado 03 de diciembre de 2022 - Edición Nº5530

Opinión | 30 jun 2022

Por Nancy Acosta Noriega

“IRRUPCIÓN” – Cuando el Ser sepulta al Hacer

A manos del autor de la obra “Asado feminista”, se expresa textual: “desnuda en sí la maliciosa intención de subvertir una verdad que incomoda”; por ello se censura…justamente, ¿no podía pensarlo antes en el sentido contrario? ¿O lo pensó y simplemente empatizó con la idea de provocar dolor?


Podríamos enfatizar en que lo único que limita al arte es la falta de imaginación, pero el arte es además de una expresión subjetiva del artista, una construcción de valoración social, no es sólo el sentir de quien crea, lo que sostiene a la expresión libre, es también la mirada de los otros la que permite que trascienda. Podríamos en estos parámetros entre la libertad de expresión, y la sensibilidad del público avanzar con discusiones de lo más profundas, pero seguramente infecundas porque nos remite a una paradoja en que nada es verdaderamente censurable y a la vez todo lo es. Y como entendemos que la expresión artística es una construcción social al final de cuentas, podemos permitirnos reflexionar sobre lo que produce emocionalmente en parte del tejido social, en como impacta en las conductas y en los paradigmas y en como se enconan los dobles discursos que conceden beneplácito o repudio sobre el sentir que despiertan ciertas expresiones en relación al contexto y al momento histórico en que tienen lugar.

Remitiendo a la obra expuesta los pasados días en el Museo Prov. de Bellas Artes Laureano Brizuela, en el marco de la muestra “Irrupción”, y que llevara por título “Assum feminismus (Asado feminista), óleo sobre tela.”, podríamos cargar tintas sobre el significante que despierta a raíz de un femicidio llevado a cabo en un pasado próximo y que ha marcado una herida social inimaginable, profunda, desgarradora y aún viva; y es justamente lo que quiebra el equilibrio en la sana discusión de los límites en términos de la libertad de expresión, porque ya no pensamos desde el derecho, pensamos desde el dolor, y entendemos que tiene mayor valor, y cuestionamos desde el sentir, desde la emoción, desde la vulneración percibida, desde la empatía por el dolor ajeno, desde la historia que nos precede como colectivos en lucha contra las violencias machistas; y a esta altura no se puede sobreponer la norma al sentir social, no se trata de derechos de vida, se trata de vidas arrebatadas y de artistas que buscan confrontar insensiblemente con un dolor vigente.

La expresión artística, es sin dudas un espacio por excelencia para la confrontación, y por ende nos cabe la pregunta, ¿qué sentido humano tiene provocarla? Es el disparador y la mecánica que determina como se desencadenan los sucesos a partir de esa provocación; es el momento álgido en la desnudez del artista que se expone ante el público y se dispone a recibir la crítica, después de todo es lo que marca el sentido mismo de la exposición, es el momento de recibir halagos y huevazos, a veces unos más que otros. Y es ahí, en ese mismo momento, donde nosotres, les otres, nos encumbramos para mirar y sentir y decidir que nos provoca; así funciona el juego de la seducción, a veces encanta, encandila, fascina, otras veces da rabia, enoja, duele, contamina, asfixia y da asco. Asco. Y así es como una expresión artística, en un momento dado y en un contexto determinado se catapulta y se convierte en una “obra de arte” o se distorsiona y su propio peso la sepulta porque no hay quien la disfrute ni quien la avale. A eso le llamamos construcción social del arte, y excede la crítica de la estética, la técnica, el perfil, etc.

Lo irónico es que hay vida, siempre hay vida detrás de una pintura, pero no todas las vidas, desde la subjetividad artística, merecen ser salvadas.

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