domingo 25 de julio de 2021 - Edición Nº5034

Opinión | 15 may 2021

Por Nancy Acosta Noriega

Se llama perpetua, cuando el patriarcado te pesa también sobre los hombros

La vida es muchas cosas pero esencialmente es…¿y qué pasa, cuando alguien te la arrebata? Una perpetua no cambia el dolor, sólo relaja las gargantas en que se amontona el horror. ¡¡¡Se hizo JUSTICIA!!! Justicia por Brenda. #Sehizojusticia #Perpetuaalfemicida #Niunamenos #Vivasnosqueremos #NaimVera


En la memoria se me sella el fallo de condena al femicida de Brenda Micaela, Naim Vera Menen, “condenándolo en consecuencia a sufrir la pena de prisión perpetua – llanto – asesino – nunca te voy a perdonar…”. Siento un escalofrío y unas enormes ganas de llorar por Brenda y por todas las Brendas y por las huellas profundas y dolorosas que nos significa como sociedad, el patriarcado. El dolor en la sala es grande, se siente helado y traspasa el recinto, todos lo sentimos, todos somos parte de la aberración que produce el machismo en cada femicidio, en cada acto de violencia, y en cada acto de omisión y resistencia por mantenerlo vivo.
Una perpetua que no puede atenuar los hechos, que no tiene revés para lo que ha causado, que no devuelve una vida, no hay forma de remendar el daño, no hay consuelo verdadero, sólo hay dolor con sabor a justicia, esa que todes esperamos y celebramos, pero amargamente, temblando, llorando, conmocionados, partidos, sintiéndonos deshechos porque nos falta Brenda; porque nos faltan todas las Brendas.
Las mujeres que nos faltan se nos acumulan, nos duelen por cada una y nos duelen por todas. Y ese sentir que se cultiva colectivo nos hace rugir, nos pone en urgencia de volver a la raíz y cortar lo podrido, porque no hay transformación verdadera mientras el patriarcado se sostenga. No dejaremos de llorar Brendas y conformarnos con perpetuas mientras el patriarcado marque el singular epíteto de que somos objetos de pertenencia de un otro, educado correctamente bajo la epístola implícita de ser superior sólo por ser hombre. Significando la superioridad, incluso la libertad de poder decidir sobre la humanidad de otras personas.
De los alegatos de la vergüenza ni hablar, de manual de 1950, son parte ya de los anales de la historia; por suerte le salieron al encuentro las históricas. Porque la historia misma es movimiento, transformación, evolución, y sí, aunque parezca increíble, los vínculos actuales no requieren la aprobación de los padres de “él”, bajo ningún punto de vista, y tampoco requieren ser entendidos por igual por quienes se vinculan; porque la percepción en relación al vínculo no nos exime de las responsabilidades que el mismo implica. Por lo que intentar morigerar la condena o cambiar la visión global del conflicto desde dichos argumentos, que en sí mismo es un femicidio, se vuelve un tanto repudiable, arcaico, con demasiado olor al machismo que ya nos produce arcadas, y para el cual ya no hay silencios, baches ni escondrijos escurridizos. Sólo hay una cosa, confrontación. Y vaya que sabemos de resistencia las mujeres, si nos estamos pariendo solas a un mundo nuevo, donde el patriarcado no será, porque no tendrá lugar. La perspectiva de género, quiérase o no, llegó a cambiarlo todo. Sólo así dejaremos de llorar porque nos están matando. Y no, no vamos a pedir disculpas por hacer de este mundo, un mundo mejor.
Hoy se cierra una dolorosa historia, porque nos falta Brenda, hoy se cierra una condena en perpetua, sabemos que se hizo JUSTICIA. Sabemos también que es una de muchas y que aquí estaremos cada vez más juntas porque entendimos la necesidad de engranar el decir con el hacer y que “si tocan a una, nos tocan a todas”.
 

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