La inseguridad en Catamarca ya no es una señal de alarma: es una realidad que las autoridades parecen no querer escuchar. Lo que está sucediendo en la provincia no es casual ni circunstancial; es el resultado directo de una ausencia absoluta de prevención. El Ministerio y la cúpula policial reaccionan, pero jamás anticipan. Llegan cuando el hecho ya ocurrió, cuando la víctima ya fue atacada, cuando el daño —físico, emocional o material— ya es irreversible.
En Catamarca, el delito se volvió cotidiano. Lo que no se volvió cotidiano, al parecer, es la capacidad del Estado para impedirlo.
Fuentes consultadas por este medio confirman algo que debería encender todas las alarmas: hay muchísimos hechos de inseguridad que no se informan. Se ocultan. No se cargan, no se difunden, no se comunican. La orden sería clara: cuanto menos se sepa, mejor. Así, la gestión evita el costo político, pero los ciudadanos pagan el costo real.
La falta de prevención es tan evidente que ya ni hace falta buscar ejemplos. El caso ocurrido ayer, en pleno microcentro, es una muestra grotesca de improvisación. Dos delincuentes atacan a una mujer para robarle la cartera. ¿Qué evitó que escaparan? ¿Un patrullero? ¿Un operativo? ¿Una presencia preventiva? No. Fue un cabo de la policía que “pasaba por ahí”. Una casualidad. Un golpe de suerte. En Catamarca, la seguridad parece depender más del azar que de las instituciones.
Lo mismo —y aún más grave— ocurrió con la docente apuñalada en el sur de la Capital. Un hecho brutal, que tomó dimensión nacional no por un despliegue profesional de la policía, sino por la brutalidad del ataque a una docente a plena luz del dia y la ausencia total del Estado. La víctima se resistió y terminó con heridas de gravedad. Otra vez, la policía apareció después, cuando ya no había nada que prevenir. Esa es la normalidad en Catamarca: intervenir sobre los escombros.
Quienes conocen por dentro la estructura coinciden: no existe un plan de prevención. No hay estrategia. No hay análisis de patrones, no hay patrullajes planificados, no hay presencia en zonas calientes. La cúpula policial está más preocupada por gestionar la imagen de la institución —y, cuando puede, reducir el impacto mediático de los hechos— que por garantizar seguridad real en la calle.
“No es que no haya delitos —dijo otra fuente—, es que muchos no se informan. Pasan todos los días. Pero desde la cartera se prefiere omitirlos para que los medios no los publiquen.” El problema es evidente: si se ocultan los delitos, jamás se va a construir una política seria de prevención. ¿Cómo anticipar lo que ni siquiera se admite que ocurre?
La ciudadanía vive cada día más desprotegida, mientras la conducción política y policial se aferra a una estrategia torpe y peligrosa: negar para no asumir responsabilidades. Pero la inseguridad no se combate con silencio. Se combate con trabajo, planificación, recursos y presencia efectiva. Nada de eso está ocurriendo.
La inseguridad forma parte del día a día de los catamarqueños, y episodios recientes lo demuestran con crudeza. Uno de los más alarmantes fue el ataque de un depravado a una adolescente en las inmediaciones del Hospital San Juan Bautista, ocurrido hace unos meses. El agresor actuó a metros de efectivos policiales y aun así logró huir. De nada sirvió entonces el llamado del jefe de Policía para expresar “solidaridad”. Palabras adornadas, gestos protocolares, promesas vacías. En los hechos, no se hizo absolutamente nada.
La provincia atraviesa una situación crítica en materia de seguridad, y lo está no solo por la gravedad de los ataques, sino porque no existe una política seria de prevención. Cuando los episodios se ocultan o se minimizan, tarde o temprano la realidad queda expuesta ante todos. Y lo más grave es que, bajo esta lógica de negación, las estadísticas delictivas no solo no descenderán: inevitablemente se profundizarán.
Catamarca no necesita funcionarios que corran detrás del delito. Necesita una gestión que lo enfrente antes de que suceda. Y esa gestión, hoy, simplemente no existe.



