Ya no alcanza con intentar sobrevivir a los embates de una economía asfixiante. A ese escenario se le suma una carga igual o más nociva: la política y su maquinaria de mentiras recicladas, discursos vencidos y prácticas que parecen sacadas de un manual que nadie se molestó en actualizar. Y no hay excepciones. Aquí entran todos. Todos.
Comenzó el 2026 y la escena política ofrece el mismo libreto de siempre. Los mismos actores, las mismas disputas, las mismas heridas del pasado utilizadas como excusa para no hablar del presente ni, mucho menos, del futuro. Catamarca no avanza porque su dirigencia sigue anclada a viejas rencillas, a batallas personales y a relatos que ya no conmueven ni convencen. No es una percepción: es una realidad visible, palpable, y profundamente frustrante.
Resulta preocupante —y hasta nocivo para la salud mental colectiva— observar a dirigentes que no han superado su propia historia. Políticos que siguen discutiendo como si el tiempo no hubiera pasado, como si la sociedad no estuviera exigiendo respuestas urgentes. Esa incapacidad de evolucionar no solo decepciona: condena a la provincia a una repetición constante del fracaso.
La pregunta es inevitable: ¿debe la sociedad seguir tolerando este espectáculo lamentable? ¿Debe resignarse a discusiones tibias, propias de una pelea de primaria —o peor aún, de jardín de infantes— mientras los problemas reales golpean sin pausa? La disputa interna parece ser más importante que el desempleo, la pobreza, la falta de oportunidades y el deterioro social.
Lo más grave es que muchos de estos dirigentes llegaron al poder por el voto popular. La sociedad confió, apostó a un cambio, a una provincia mejor. Sin embargo, la contradicción es obscena: Catamarca es, estadística e históricamente, una provincia rica en recursos. Pero la realidad cotidiana expone otra cara: una Catamarca empobrecida, atravesada por grandes negocios que benefician a unos pocos, sostenida por una clase política que acumula fortunas mientras la mayoría apenas sobrevive.
Esa es la verdadera grieta. No la del relato ni la del pasado, sino la que separa a una dirigencia millonaria —y en algunos casos multimillonaria— de una sociedad cansada, postergada y cada vez más descreída. Los verdaderos paladines no son los que se proclaman defensores del pueblo, sino aquellos que el pueblo debe soportar, año tras año, sin que nada cambie.



