La crisis interna del radicalismo en Catamarca ha alcanzado un nuevo pico de tensión. En los últimos días, el descontento de la militancia se expresó con una contundente y polémica pintada callejera que reza: “Arellano es Jalil”, señal de la indignación que recorre las bases del centenario partido. Según trascendió, el sector político cercano al diputado provincial Alfredo Marchioli estaría detrás de estas expresiones, en medio de un profundo malestar por las decisiones adoptadas en la cúpula partidaria.
Uno de los focos del conflicto gira en torno a la supuesta imposición de candidaturas. Diversas versiones indican que Alfredo Marchioli fue presionado por Luis Fadel y Oscar Arellano para que se bajara de su postulación, a fin de allanar el camino a la candidatura de Agustin Marchetti. Este desplazamiento forzado habría detonado una interna aún más virulenta, que ahora se manifiesta no solo en declaraciones cruzadas, sino también en actos de protesta como las mencionadas pintadas.
El fuego cruzado también se trasladó a las redes sociales, donde los reproches ya no se disimulan. Parte de la militancia acusa abiertamente a Fadel de haber “entregado el partido al peronismo”, generando una ruptura con sectores que ven en estas maniobras una claudicación ideológica y una pérdida total de independencia política. En ese marco, el diálogo entre las líneas internas se ha tornado prácticamente inexistente.
Circularon versiones de diferentes políticos radicales que aseguraron que la negativa de participar se debe a que el diputado Luis Fadel los tildó de “muy opositores”.
Este escenario de fractura es aprovechado por otros espacios políticos. Sectores libertarios han manifestado su disposición a dialogar con dirigentes radicales que quedaron marginados de las listas y que se sienten excluidos por el «diálogo cerrado» de las actuales autoridades partidarias. En particular, los libertarios buscan capitalizar el descontento de quienes no se sienten representados por la conducción formal del partido y que hoy están sin espacio ni voz.
La situación en la UCR catamarqueña evidencia un colapso de los mecanismos democráticos internos, una desconexión entre la dirigencia y la militancia, y una pérdida creciente de identidad política. Con un radicalismo fragmentado y sin conducción clara, los coletazos de esta crisis podrían impactar de lleno en el armado electoral de cara a los próximos desafíos políticos.
Por ahora, la imagen que transmite el partido no es la de una fuerza opositora sólida, sino la de un espacio atravesado por ambiciones personales, alianzas sospechosas y una profunda descomposición institucional.



