Cada 14 de febrero las redes se llenan de promesas eternas, corazones rojos y declaraciones apasionadas. El marketing hace su agosto en pleno verano y el romanticismo se convierte en mercancía. Pero hay amores que no se publican en stories ni se celebran con flores. Son relaciones discretas, estratégicas, sostenidas en silencio. En Catamarca —y no sólo aquí— existe un vínculo que no necesita cena a la luz de las velas: el de ciertos medios hegemónicos con la pauta oficial.
No es un romance inocente. Es un acuerdo de conveniencia. Un pacto tácito donde el afecto se mide en centímetros de publicidad institucional, en contratos renovables y en transferencias mensuales. El lenguaje no es poético: es presupuestario.
En este Día de San Valentín conviene preguntarse qué tipo de amor es el que une a determinados conglomerados mediáticos con el poder político de turno. No es el amor por la verdad, ni por el interés público, ni por el control republicano. Es el amor por la estabilidad económica garantizada. Es la pasión por la previsibilidad del ingreso estatal.
La pauta publicitaria —herramienta legítima cuando se distribuye con criterios objetivos y transparentes— se convierte en problema cuando deja de ser política pública para transformarse en mecanismo de disciplina. Allí nace la relación tóxica: el medio calla, el gobierno paga; el medio suaviza, el gobierno amplía; el medio ataca selectivamente, el gobierno premia.
El resultado no es sólo editorial: es cultural. Se instala una narrativa homogénea, se invisibilizan voces incómodas y se construye una agenda funcional al poder. La crítica se vuelve esporádica y cuidadosamente dosificada. El silencio, en cambio, es constante.
El amor por el dinero no es delito. La rentabilidad es condición de supervivencia empresarial. Pero cuando la línea editorial se subordina a la facturación estatal, el problema deja de ser económico y pasa a ser ético. Porque el periodismo no es una agencia de relaciones públicas del gobierno. Su función es incomodar, preguntar, contrastar, auditar.
Hay medios que confunden acceso con dependencia. Creen que perder pauta es perder poder. Y en ese temor renuncian a la independencia. Se enamoran de la seguridad que ofrece el Estado como principal anunciante y olvidan que el verdadero capital de un medio es la credibilidad.
El público percibe estas relaciones. Puede no conocer los números exactos, pero identifica las omisiones. Nota qué temas no se investigan, qué funcionarios no se cuestionan y qué conflictos se diluyen en la redacción. La manipulación no siempre es burda; a veces es selectiva. Se decide qué amplificar y qué reducir al margen.
En esta fecha simbólica, vale recordar que el periodismo también es un compromiso. Un compromiso con la sociedad, no con la caja estatal. Cuando el amor se reduce al interés, deja de ser amor y se convierte en dependencia.
San Fernando Digital ha elegido otro camino: el de sostener la independencia aun cuando resulte incómodo. No porque sea romántico, sino porque es el único modelo compatible con el oficio periodístico.
En tiempos donde algunos celebran su relación estable con la pauta oficial, nosotros preferimos mantener una relación inestable pero honesta con la verdad. Porque el único amor que no admite traiciones es el amor por la información libre.



