Hay silencios que informan más que cualquier titular.
En las últimas horas, una noticia comenzó a circular con fuerza: el cumpleaños número 60 de Eduardo Niederle, uno de los ministros con mayor poder dentro del Gobierno de Catamarca, habría sido un verdadero despliegue de lujo, con unos 250 invitados y un costo que, según las cifras difundidas, podría superar los $100 millones.
Catering millonario, bebidas de alta gama, pantallas LED, espectáculo, regalos tecnológicos y una lista de invitados donde, según las versiones difundidas, aparecen funcionarios, dirigentes políticos y proveedores del Estado. La cifra y varios de esos detalles aún requieren documentación y confirmación independiente.
Pero hay algo que resulta todavía más llamativo que la fiesta.
El silencio.
Y, peor todavía, la decisión de algunos medios de publicar información sobre el festejo y posteriormente eliminarla de sus sitios o redes.
Ahí aparece una pregunta inevitable:
¿Dónde quedó el periodismo?
¿Dónde quedó aquel periodismo que se presenta como «líder en información»?
¿Dónde quedaron los que se autoproclaman «servidores públicos»?
¿Servidor de quién?
Porque si una información merece ser publicada a la mañana y deja de merecerlo unas horas después, alguien debería explicar qué cambió.
¿Cambió la información?, ¿Aparecieron nuevos datos que desmintieron la noticia?, ¿O apareció un llamado telefónico?, ¿Una presión?, ¿Una pauta?, ¿Una amenaza?, ¿Un pedido?, ¿Un acuerdo?
¿O simplemente llegó más pauta?
No estamos diciendo que haya ocurrido. Estamos preguntando.
Y justamente para eso existe el periodismo.
La pregunta que nadie quiere hacer
Si un funcionario público organiza una celebración privada que, según lo difundido, podría haber costado más de $100 millones, nadie está diciendo que esté prohibido.
Si puede demostrar que tiene el patrimonio suficiente para pagarla, perfecto.
Pero entonces aparece una pregunta elemental:
¿De dónde salió la plata?
No hace falta ser fiscal. No hace falta ser juez. No hace falta ser investigador especializado.
Hace falta ser periodista.
Y si además en esa celebración aparecen personas vinculadas al poder político, proveedores del Estado y funcionarios de otros poderes, la pregunta adquiere todavía mayor relevancia.
No porque estar en un cumpleaños sea un delito.
Sino porque el poder necesita controles.
Y uno de esos controles debería ser, justamente, el periodismo.
¿Y la Justicia?
También hay una pregunta para el Poder Judicial.
Si funcionarios judiciales participaron de una celebración de semejante magnitud, ¿nadie considera necesario preguntarse quién organizó, quién pagó y cuánto costó?
¿Nadie siente curiosidad institucional?, ¿Nadie se pregunta si existe algún conflicto de intereses?, ¿Nadie considera relevante conocer si empresarios o proveedores del Estado estuvieron allí?
No estamos hablando de investigar a alguien porque compró una botella de champagne.
Estamos hablando de un evento que, según las versiones difundidas, habría movilizado una cifra extraordinaria.
Como mínimo, debería despertar curiosidad.
El verdadero escándalo
Tal vez el verdadero escándalo no sea la fiesta.
Tal vez sea que en Catamarca se pueda organizar una celebración de estas características alrededor de uno de los hombres fuertes del Gobierno y que buena parte del sistema mediático prefiera mirar hacia otro lado.
Porque el poder político puede intentar controlar su relato.
Pero el periodismo no debería ayudarlo.
Y cuando un medio publica una información incómoda y después la elimina, la pregunta deja de ser solamente qué ocurrió en la fiesta.
Pasa a ser:
¿Qué ocurrió detrás de la publicación que hizo que desapareciera?
Eso sí es una noticia.
Y quizás sea una noticia mucho más importante que 60 metros de pantallas LED, el champagne o los souvenirs.
Porque cuando un medio borra una noticia sin explicar por qué, no solamente desaparece una publicación: desaparece una parte de la credibilidad del periodismo.
Y en una provincia donde el poder político, económico, judicial y mediático muchas veces parece compartir la misma mesa, esa credibilidad es demasiado importante como para regalarla.
La fiesta puede haber terminado.
Pero las preguntas recién empiezan.



