Porque esa es la palabra que hoy sobrevuela, aunque nadie quiera decirla en voz alta: tragedia. Catamarca estuvo a horas, o quizá a minutos, de estar contando víctimas fatales. Y no ocurrió. No porque todo haya funcionado bien, sino a pesar de que casi todo falló.
Más de 200 personas quedaron expuestas a condiciones extremas, sin recursos básicos, sin planificación adecuada y sin respuestas inmediatas. Lo que debía ser una excursión turística terminó convirtiéndose en una pesadilla de frío, miedo e incertidumbre. Y, sin embargo, hoy se habla de “rescate exitoso”. ¿Exitoso para quién? ¿Bajo qué parámetros?
El operativo de rescate, que movilizó a otras 200 personas entre rescatistas, fuerzas de seguridad y equipos de emergencia, logró evitar lo peor. Pero ese despliegue extraordinario también deja al descubierto otra cara del problema: la enorme cantidad de recursos públicos que debieron destinarse para corregir errores que, en muchos casos, eran evitables desde el inicio.
La pregunta es inevitable: ¿quién se hace cargo? Porque aquí no sólo hay responsabilidades operativas, sino también decisiones previas que deben ser investigadas. Desde la autorización de las excursiones, la evaluación de las condiciones climáticas, hasta el control sobre las agencias y los vehículos que trasladaban a los turistas. Testimonios coinciden en un punto alarmante: la falta de equipamiento mínimo para enfrentar emergencias. Sin palas, sin cadenas, sin abrigo adecuado, sin protocolos claros. Increíble, pero real.
Y como si esto fuera poco, el episodio no es un hecho aislado. Hace apenas una semana, trabajadores mineros también quedaron a la deriva en medio de una tormenta tras salir de una mina en condiciones climáticas adversas. Otro caso que hoy es materia de investigación y que expone un patrón preocupante: decisiones tomadas al límite, donde la seguridad parece quedar en un segundo plano.
Lo ocurrido en la cordillera no puede ser reducido a una anécdota ni archivado como un susto colectivo. Es una advertencia. Una señal clara de que algo está fallando en los controles, en la responsabilidad empresarial y en la prevención.
Hoy, más de 200 turistas están vivos. Pero no gracias a un sistema que funcionó, sino a una serie de circunstancias que, por fortuna, no escalaron al peor escenario posible. Mañana, si nada cambia, la historia podría ser distinta.
La Justicia tendrá ahora la tarea de determinar responsabilidades. Pero la sociedad no puede conformarse sólo con eso. Porque cuando el límite entre la aventura y la tragedia es tan delgado, la negligencia deja de ser un error para convertirse en un riesgo inaceptable.


