Cada 7 de junio, el calendario invita a celebrar el Día del Periodista. Se multiplican los saludos, los reconocimientos formales y las palabras que exaltan la libertad de expresión como pilar de la democracia. Sin embargo, en Catamarca, la efeméride también obliga a una reflexión incómoda: ¿qué tan libre es hoy el ejercicio del periodismo?
La realidad dista mucho del ideal. En una provincia donde los medios hegemónicos concentran poder económico y simbólico, la agenda informativa suele responder más a los intereses de los gobiernos de turno que a las necesidades de la ciudadanía. No se trata solo de líneas editoriales: se trata de condicionamientos estructurales que moldean qué se dice, cómo se dice y, sobre todo, qué se calla.
El periodismo, en estos contextos, deja de ser un contrapoder para transformarse en una pieza funcional. Las presiones existen, aunque muchas veces no se nombren. Aprietes económicos, pautas oficiales utilizadas como mecanismo de disciplinamiento, censuras directas e indirectas que terminan configurando un escenario donde la autocensura se vuelve práctica cotidiana.
Pero el problema no se agota en la relación entre medios y poder político. También se manifiesta hacia adentro de las redacciones. Periodistas precarizados, salarios bajos, sobrecarga laboral y condiciones que rozan —y en algunos casos atraviesan— la explotación. A esto se suman situaciones de violencia y acoso laboral que rara vez salen a la luz, porque denunciar implica muchas veces quedarse sin trabajo en un mercado pequeño y concentrado.
En paralelo, la fragilidad institucional agrava el panorama. Cuando el poder judicial actúa con lentitud o selectividad frente a causas sensibles, el periodismo queda aún más expuesto. Sin garantías reales de acceso a la información ni respuestas claras ante hechos de gravedad, la tarea informativa se vuelve una carrera cuesta arriba. Y cuando la justicia no responde, el silencio no es neutral: favorece siempre a los sectores más poderosos.
En este contexto, ejercer el periodismo en Catamarca no es solo informar: es resistir. Resistir a la presión, a la precariedad, al silencio impuesto. Es intentar sostener la ética en medio de un sistema que muchas veces la castiga.
Por eso, más que celebrar, este 7 de junio debería ser una jornada de interpelación. A los medios, sobre su rol real en la sociedad. A la política, sobre su relación con la prensa. A la justicia, sobre su responsabilidad en garantizar transparencia. Y también a la sociedad, que necesita —y merece— un periodismo libre, crítico y comprometido.
Porque sin periodismo independiente, la democracia no se debilita: se vacía.



